Lo de Haití me pilló pintándome las uñas; haciendo alarde de mi lado más frívolo mientras la miseria se desparramaba a 7000 kilómetros.
Cuando la tragedia se engrandece y se hace tan palpable, nadie puede huir de ella. El dolor se convierte en una especie de susurro maldito que lo abarca todo. Una enorme nube de tormenta, una onda expansiva que arrasa y conmociona.
Ojalá yo fuera una de esas personas que creen en la bondad y solidaridad infinita del ser humano.
Me temo que dentro de un mes nadie se acordará de ello. Amnésicos, continuaremos en el refugio de la cotidianeidad, hasta que una desgracia ajena nos perturbe y estremezca durante unos instantes.
Luego podremos seguir pintándonos las uñas.
Quizá algún día nos toque a nosotros…
