Hace frío, demasiado frío. Hay nieve por todas partes.
En medio de la nada encontré un árbol. Era un manzano viejo, retorcido y húmedo. No tenía ni una sola hoja, ni una, y sin embargo, estaba cargado de un montón de redondas, rugosas y amarillas manzanas.
Y allí estaba ese árbol, vertical, arrogante, imperturbable. Todo producto, todo fruta. Como un milagro en pleno invierno. Un regalo a pesar de todo, a pesar del frío.
En ocasiones, también me he encontrado con personas así.
Hace frío, demasiado frío. Hay nieve por todas partes.
El paisaje es hermoso. Los niños juegan en la nieve, gritan y se divierten. Me asomo a la ventana y escucho voces, risas, alaridos.
El graznar de los córvidos me acompaña, como siempre, como cada día.
No importa si está nevado, helado o soleado ahí fuera. En mi ventana, siempre están ellos, me despiertan con energía. Cantan para mí.
Es fácil oir, escuchar, entender su pulso, su sentir.
En ocasiones, me he encontrado con personas con alma de pájaro.
Todas las tardes lo veo
Está ahí, como esperando a que le mire, esplendoroso, grandioso, lleno de colores otoñales con sus hojas bailando según el sonido del viento.
Me lleno de la energía que desprende y es cuando recuerdo lo equivocada estaba cuando quería ser hoja en vez de ser un esplendoroso árbol.
Yo soy árbol.