Un Gato

cat face

Hoy vi un gato agonizando. Estaba convulsionando, retorciéndose de dolor. Tenía una postura extraña. Todo sucedía en silencio.

Estábamos paseando y fui la primera en verle. Eran las 11 de la mañana y hacía sol.

Pensé que teníamos que hacer algo, algo que detuviese ese dolor. Me resultaba inasimilable verlo sufrir, ver su soledad, verle tan hirientemente débil. Nadie quiso hacer nada, a nadie le pareció que pudiésemos hacer gran cosa, así que nos fuimos.

Me pasé un par de horas sin poder sacarme de la cabeza la imagen del maldito gato.

El caso es que a las 3 de la tarde tenía que pasar por el mismo lugar. Durante el camino deseé que hubiese muerto. Recuerdo que no podía parar de pensar en que si seguía vivo tendría que matarlo.

Por increible que parezca, a veces el dolor puede convertirse en infinito. Cuatro horas después, allí seguía, sus movimientos eran algo más tenues pero igualmente desgarradores.

Me acerqué a la mujer que trabajaba la huerta. Me dijo que ya lo sabía, que una vecina se lo había dicho pero que ella no podía hacer nada “qué queres que lle faga, non vou a chamar ó veterinario. Comería veneno dese que lle botan ós ratos”.

Me sentía decepcionada. Esperaba que ella hubiese tenido el valor de darle un buen golpe y acabar con su dolor. Al fin y al cabo era su gato. Supongo que simplemente no sintió que tuviese que hacer nada.

Ahora son las 20:40. quiero creer que por fin habrá muerto.

El hecho de sólo yo sintiera la necesidad imperante de hacer algo, es sólo una cuestión subjetiva, algo sintomático; pero lo triste es que al final yo tampoco hice nada, ni salvarlo ni matarlo.

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