Creo que el silencio es, sin duda, la única respuesta posible. Ahora ya no siento que tenga que hacer o deshacer nada, ni siquiera reinventarme o matarme. La obligación autoimpuesta de idolatrar y sostener amos ha caido; la incesante y desesperada necesidad de tapar todo con palabras se ha esfumado; y la muñequita a la que había que cargar de libido está sobrealimentada.
Expectante, muda y perpleja, me abandono a la angustia del silencio. ¿Qué interrogar cuando sabes que no hay respuesta posible?
