Sylvia Plath prepara el desayuno de sus hijos. He imaginado esa escena cientos de veces.
Ellos duermen en la habitación de al lado. La casa está silenciosa. Silenciosa como una tumba. Ella pone la mesa y cocina con esmero, trata de hacer un último gesto de belleza y amor hacia ellos. Luego abre las ventanas de la habitación de los niños, no quiere hacerles daño, por lo menos no con el gas.
Una desesperada serenidad la lleva a arrodillarse frente al horno. Apoya delicadamente su cabeza y aparta los mechones de pelo que cosquillean su rostro. Después simplemente respira, lenta y profundamente.
