Nueva York 2

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La ciudad me absorvió tan rápido como luego me expulsó. Salí como residuo, como resto digerido de forma rudimentaria.

Sin embargo, la City me dió la oportunidad de sentir una extraña libertad; un sentimiento de auténtico anonimato en una ciudad que te condena irremediablemente a la insignificancia. Allí no importa demasiado la rareza de nadie.

Ocho días de placeres metropolitanos: pasear Harlem, suspirar la verticalidad luminosa de Manhattan, perderme en una y mil calles, participar en las infinitas orgías de olores y sabores, enfrentarme a Marina Abramović en un duelo de universos, fotografiar el puente de Brooklyn, subir a un ferry, al metro, a un helicóptero, dormir y caminar.

Ahora que he vuelto, echo de menos esa insignificancia, aquí soy demasiado importante para alguna gente, aquí me quieren y me conocen. Aquí es complicado estar a la altura de ese amor.

En Nueva York no le importaba nada a nadie.

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