Sala de espera

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Mi cuerpo genocida me envía una y otra vez a lugares como este. Son las dos de la madrugada y llevo ya tres horas aquí.

Una maldita vía en el brazo. Odio las agujas, me repugna la sangre, tengo ganas de vomitar. El pánico me invade, me paraliza, necesito sacármela del brazo, la noto hasta el extremo, hiperventilo, siento la presión y el sudor. Algunos llama a esto hemofobia.

Hace media hora estaba en una sala de espera tediosa, ahora quisiera estar otra vez allí, lejos de este angustioso box.

Pienso en el viejecito irritante que hacía molestos ruidos con la boca; en los quejidos en si bemol de la mujer con la pelvis fracturada; en la chica atractiva que rascaba su candidiasis a placer, colocando su bolso estratégicamente para disimular el movimiento desesperado de su mano; pienso en mí misma, molestándoles a todos a mi vez con el estruendoso ruido del grafito deslizándose violentamente sobre la moleskine.

Recuerdo que quise estrangular a todos y cada uno de ellos. Ahora sólo quiero esa aguja fuera de mi cuerpo y a mi sangre dentro de él, donde debe estar, donde no pueda verla.

Aparece mi médica -Buenas noticias, no hay infección. Es sólo un virus, puedes marcharte.

Afortunadamente me desmayo cuando me quita la vía. Siempre lo hago, así no me entero.

Luego despierto, presiono la tirita, recojo mis cosas y me voy. Subo al coche y respiro. Profunda y lentamente. Son las dos y veintisiete.

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