Abril, 2010


29
Abr 10

Sylvia

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Sylvia Plath prepara el desayuno de sus hijos. He imaginado esa escena cientos de veces.

Ellos duermen en la habitación de al lado. La casa está silenciosa. Silenciosa como una tumba. Ella pone la mesa y cocina con esmero, trata de hacer un último gesto de belleza y amor hacia ellos. Luego abre las ventanas de la habitación de los niños, no quiere hacerles daño, por lo menos no con el gas.

Una desesperada serenidad la lleva a arrodillarse frente al horno. Apoya delicadamente su cabeza y aparta los mechones de pelo que cosquillean su rostro. Después simplemente respira, lenta y profundamente.


10
Abr 10

Keriuesgo

HSB

Una vez conocí a un chico y a dos chicas. Los tres buscaban la pureza, los tres crecieron juntos y los tres se dieron cuenta de que quizá nunca la encontrarían.

Sin embargo, a veces, si cierro los ojos, puedo oirlos tocar aquellas canciones. Canciones lisérgicas, rituales, desenfrenadas. Eran canciones hermosas.

Y tanto les daba una oui-ja como una guitarra, un porro o un bosque. Cualquier excusa era buena para estar juntos. Era lo único que podían hacer, porque así no tenían miedo, así podían sentir toda esa mágica fuerza. No importaba lo que sucediera, nada podía pasarles, juntos manejaban todo ese poder absolutamente inmanejable.

Recuerdo sus camisas de cuadros, sus pintalabios rojos, las infusiones de hierba luisa, las drogas, las manos enlazadas, los gritos, el humo y la luz de las velas.

Solían reunirse en una pensión oscura. Una maldita madriguera, un agujero podrido. Se abrazaban y la franela les daba calor, luego empezaban las extrañas palabras y los dulces bailes.

Sus amigos oscuros aparecían cada noche, solían cabalgar con ellos, solían cuidar de ellos. Un día les regalaron un poema de tres versos, cada uno cogió el suyo y lo guardó en un cofre. Nadie nunca se atrevió a preguntarles sobre ello.

Han pasado algunos años. No sé donde están ahora pero estoy segura de que siguen juntos. Si cierro los ojos puedo oirlos tocar aquellas canciones. Canciones lisérgicas, rituales, desenfrenadas. Eran canciones hermosas.


2
Abr 10

Nueva York 3

Marina

En Nueva York visité el MOMA. Mi intención era disfrutar los dibujos de Tim Burton que me parece un genio desde que vi Big Fish. El caso es que al entrar me encontré de morros con una exposición que no esperaba: “The Artist Is Present” de Marina Abramović. Ella estaba allí, sentada en una silla frente a una mesa, imperturbable, muy quieta, en calma. Había otra silla libre, al otro lado de la mesa, y el espectador era invitado a compartir durante el tiempo que él decidiera esa mesa y ese ambiente tan íntimo con Marina. Ella simplemente permanecería allí, durante meses, 7 horas al día, imperturbable, muy quieta, en calma.

El escenario parecía un ring, cercado como una prohibición policial, iluminado y rodeado de cámaras que lo registraban todo, cada gesto, cada microexpresión del rostro.

Ya conocía algunos de sus trabajos, me gusta su concepción del cuerpo como objeto artístico, es, sin duda, una artista interesante y su obra peculiar e inquietante.

El caso es que pensé: – Estoy aquí y ella también está aquí, así que esperaré mi turno y compartiré la experiencia con ella, es una oportunidad única.

Así fue. Lo curioso del tema es que al principio crees que es ella la chalada y que estás allí por ella, para facilitar o participar de forma divertida en la chaladura comunal. Pero cuando pasa el tiempo y ya llevas un rato haciendo cola, te das cuenta de que estás allí sólo por tí, por tu vanidad , tu exhibicionismo y por tu goce.

Imagino que cada uno de los visitantes que decidimos o decidan (estará allí hasta mayo) compartir ese universo tendrá una experiencia particular y diferente. De lo que estoy segura es que la experiencia tiene un efecto importante en cada uno, por lo menos si tiene la sensibilidad artística lo suficientemente alerta como para percibirse a sí mismo en ese escenario.

Y al final llegó mi turno. ¿Cómo estar a la altura de ella? ¿cómo permanecer imperturbable ante su serenidad extraña?. Durante los primeros minutos me sentí rara, rodeada de gente mirándonos y haciendo fotos, luego incluso me daba la risa por dentro, veía la situación absurda. Qué extraño, pensaba, es esperar una cola de una hora para mirar a otra mujer a los ojos.

Pero luego, mientras los minutos pasaban y yo penetraba poco a poco en esos ojos y ella en los míos, me di cuenta de que lo que nos rodeaba simplemente no existía.

Me encontré a mi misma contándole con la mirada quien era yo, o por lo menos quién creía ser, me sentí como si me confesara ante alguien al que no avergüenzan los pecados de nadie. El mundo se detuvo y yo le revelé el sentido de mi viaje, había volado 5000 km para matar a la antigua yo y permitir que naciera algo nuevo. – He venido a asesinarme, ahora que lo he hecho me iré, iré a permitir que emerja algo diferente, algo mejor, te dejo mi cadáver aquí, justo en esta silla. Gracias. Adiós.