Marzo, 2010


28
Mar 10

Nueva York 2

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La ciudad me absorvió tan rápido como luego me expulsó. Salí como residuo, como resto digerido de forma rudimentaria.

Sin embargo, la City me dió la oportunidad de sentir una extraña libertad; un sentimiento de auténtico anonimato en una ciudad que te condena irremediablemente a la insignificancia. Allí no importa demasiado la rareza de nadie.

Ocho días de placeres metropolitanos: pasear Harlem, suspirar la verticalidad luminosa de Manhattan, perderme en una y mil calles, participar en las infinitas orgías de olores y sabores, enfrentarme a Marina Abramović en un duelo de universos, fotografiar el puente de Brooklyn, subir a un ferry, al metro, a un helicóptero, dormir y caminar.

Ahora que he vuelto, echo de menos esa insignificancia, aquí soy demasiado importante para alguna gente, aquí me quieren y me conocen. Aquí es complicado estar a la altura de ese amor.

En Nueva York no le importaba nada a nadie.


28
Mar 10

Sala de espera

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Mi cuerpo genocida me envía una y otra vez a lugares como este. Son las dos de la madrugada y llevo ya tres horas aquí.

Una maldita vía en el brazo. Odio las agujas, me repugna la sangre, tengo ganas de vomitar. El pánico me invade, me paraliza, necesito sacármela del brazo, la noto hasta el extremo, hiperventilo, siento la presión y el sudor. Algunos llama a esto hemofobia.

Hace media hora estaba en una sala de espera tediosa, ahora quisiera estar otra vez allí, lejos de este angustioso box.

Pienso en el viejecito irritante que hacía molestos ruidos con la boca; en los quejidos en si bemol de la mujer con la pelvis fracturada; en la chica atractiva que rascaba su candidiasis a placer, colocando su bolso estratégicamente para disimular el movimiento desesperado de su mano; pienso en mí misma, molestándoles a todos a mi vez con el estruendoso ruido del grafito deslizándose violentamente sobre la moleskine.

Recuerdo que quise estrangular a todos y cada uno de ellos. Ahora sólo quiero esa aguja fuera de mi cuerpo y a mi sangre dentro de él, donde debe estar, donde no pueda verla.

Aparece mi médica -Buenas noticias, no hay infección. Es sólo un virus, puedes marcharte.

Afortunadamente me desmayo cuando me quita la vía. Siempre lo hago, así no me entero.

Luego despierto, presiono la tirita, recojo mis cosas y me voy. Subo al coche y respiro. Profunda y lentamente. Son las dos y veintisiete.


7
Mar 10

Nueva York 1

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El próximo domingo me voy a Nueva York.

A veces la mejor manera de encontrarse es huir de uno mismo.

Cuando me alejo de todo aquello que me protege, de todo aquello que me hace sentir segura, acabo encontrando un nuevo rostro.

Cuando viajo no siento la pérdida, todo lo contrario. Suelo embarazarme del sitio que visito, me fundo en él, me empapo, me someto a su ley y a su belleza.

Cada viaje es una transformación. Nunca soy la misma al regresar. Eso es bueno. Por lo menos debería serlo.

Esta vez no será distinto. Volaré a Nueva York y algo de mi nacerá allí . Inevitablemente, algo morirá allí también.

Me acompaña un hombre moreno, la mayor parte de los viajes que recuerdo han sido con él. Y conozco exactamente el color de sus ojos. Mañana una nueva aventura.


1
Mar 10

Sé feliz

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La felicidad como imperativo, la felicidad como mandato superyoico. Todo lo que nos rodea parece exigir: ¡Sé feliz!

Lo peor de todo es que nos lo creemos, creemos firmemente en que es posible y, ese integrismo de la felicidad nos hace irremediablemente desdichados. Hipnotizados perseguimos el objeto que venga a colmarnos y nos sacie; uno tras otro en un consumo desenfrenado. Preferimos tapar con nuevos intentos el fracaso del intento anterior, en un baile absurdo y grotesco.

Otro mandato absurdo:  ¡Anestesia el dolor!  ¡Huye de la tristeza!

La felicidad como estado es un imposible. Quizá lo maravilloso sea disfrutarla de vez en cuando, en una indescriptible intensidad y luego, la mayor parte del tiempo, poder gozar de una serenidad amable. La tristeza y el dolor son inevitables y lo mejor que podemos hacer, es descubrir donde los buscamos, para no sufrir más de lo necesario.

Con estos mensajes no me extraña nada que las depresiones aumenten día a día. ¿Quién puede soportar no ser feliz en una sociedad en que todo el mundo está obligado a serlo?

Yo he sido feliz y lo seré. Lo malo es que a veces sólo me doy cuenta de que lo he sido cuando el momento ya ha pasado. Soy feliz en el recuerdo. Quizá la felicidad sea eso, un hermoso y melancólico recuerdo.