Febrero, 2010


16
Feb 10

La Marca

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William Blake escribió “ El camino del exceso lleva al palacio del saber”.

En aquel extraño final sentí que habíamos rebasado todos nuestros límites.

El chico de ojos turbios me dijo – un bonsai puede cultivarse saltándose todas las reglas y conseguir aún así que sea armonioso. Nosotros nos las saltamos todas pero no conseguimos la armonía.- Supongo que tenía razón.

Y ahora, caído ya el velo, sólo nos queda contemplar con resignación y tristeza la desnudez ridícula de nuestros goces.

Dentro de esta infinitud imparable; condenados a un universo imaginario, encadenados por y para nuestros fantasmas; nos damos cuenta de la marca en el cuerpo, de la eternidad de la misma, de su vacío, de esa perpetua autolesión.

Y casi sin darme cuenta llegó. Lo que había estado esperando toda la vida; lo indeleble, lo indestructible, aquello que prometía ser vertiginoso y cálido; al final fue devorado precipitadamente por nuestra angustia y nuestro silencio.

Hoy con tus palabras supe que por fin lo tenía, y con ellas has curado toda demanda posible, ya no tengo nada más que pedirte, me lo has dado todo, ahora lo sé.

El chico de ojos turbios dijo: – PARA SIEMPRE, PARA SIEMPRE…-


6
Feb 10

Hotel

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La habitación es pequeña, clasi claustrofóbica.

Decido prescindir de todo objeto que evite mi soledad. Soy un cuerpo, no sólo lo poseo, sino que soy el cuerpo mismo. Siento su angustia, su incomodidad, su placer y su goce.

Doy vueltas y más vueltas, giro sobre mí misma, ordeno la maleta en un intento de controlar el absurdo. Hay sólo tres perchas en el armario.

Pienso en lo raro que es estar en la habitación de un hotel, en lo inquietante del concepto mismo.

No puedo dormir, la asociación libre no cesa. La causa podría ser una transferencia salvaje con un hombre sabio, o quizá el insoportable de compartir la habitación conmigo misma, no lo sé, tampoco importa.

Son las seis de la mañana, he conseguido dormir un par de horas. Me despierto desasosegada debido a los ruidos de la habitación de al lado. Un hombre susurra y una mujer gime. Escucho el ritmo cada vez más frenético, los gemidos se entrecortar y luego se alargan.

Lo que en otras circunstancias me parecería erótico ahora me incomoda, viola mi ansiada soledad, impide mi descanso, me obliga a ser consciente de la presencia del Otro, limita mi goce autista.

Me entretengo pensando en que sus gemidos son muy diferentes de los míos.

Al fin acaban, al fin duermen.

Reordeno la dichosa maleta, sólo hay tres perchas en el armario.