Paso 7 horas al día entre psicóticos. Lo que para algunas personas resultaría insoportable a mí me parece un privilegio.
Mi tarea es educativa, una tarea, por tanto, imposible. Hago todo lo que puedo por descubrir al sujeto y dar valor a su palabra. Así con cada uno. Así durante 7 horas. Poder estar tan cerca es un regalo.
Luego salgo de allí y vuelvo a casa. Trato de mantener la mente alejada de aquello pero, obviamente, no puedo.
Nuestro mundo, supuestamente normal, es mucho más delirante y cruel que el de “ellos”. Pero nosotros somos así, es lo que hacemos, creamos instituciones para encerrar a los que tememos o a los que nos molestan. Luego colgamos un enorme cartel en la puerta ,con un pedante nombre pedagógico, clínico o solidario. Cerramos la puerta, sonreímos y tiramos la llave.
Estos días estoy de vacaciones y descubro que las conversaciones “normales” no me interesan. Quizá suene a goce macabro pero les echo de menos.